viernes, 12 de febrero de 2010
Buscando la suerte

1er año
Fines de Mayo. Quiroga (Toribio Pantaleón... pero no lo vayan a decir en voz alta)

         El invierno de nuestro primer año en la Granja Educativa Tava’i, venía bastante frío. Cada vez que el entrenador nos sacaba al patio a practicar defensa personal o algún deporte como fútbol o voley, teníamos que pasar al menos cuarenta y cinco minutos corriendo y ejercitándonos sólo para calentar los músculos. Cuando llegaba la hora de competir, estábamos agitados y cansados. Para colmo, el duro yechilkan no suspendía las clases aunque nevara, y si bien era divertido resbalar en el patio nevado, las manos agarrotadas y rojas, no decían lo mismo.

         Todo empezó después de un partido, creo que fue en ese momento cuando Mario, el peor jugador que haya visto, cayó en la cuenta de lo malo que era y decidió cambiar su destino. Anduvo entrevistando a los alumnos más avanzados para encontrar una solución, la mayoría lo ignoró, pero finalmente Alejandro, el benjamín del grupo del último nivel, escuchó sus preguntas.
         Mario estaba interesado en el manejo de objetos de diversa forma, manipular objetos en movimiento y transformarlos. Alejandro, sabía que algunos de esos conjuros sólo podían ser enseñados a aquellos que habían resuelto el cuarto enigma, aún así, supuso que no haría ningún mal dándole tres o cuatro indicaciones para que el propio Mario pudiera descubrir la forma de lograr su cometido.
         Mario se fue un poco decepcionado con lo que había conseguido averiguar, pero adivinando que sería lo máximo que lograría, comenzó a poner en práctica las indicaciones de su compañero.
         Después de eso, Mario desapareció de todos los juegos y actividades recreativas, y los fines de semana, cuando los chicos que eran de la zona, volvían a sus casas, Mario nunca estaba disponible para hacer tareas con los pocos que quedábamos en la granja. Su compañero de habitación, decía que estaba siempre encerrado estudiando o haciendo ejercicios en el patio.
         Casi un mes después, una tarde, Mario  nos sorprendió al ofrecerse a jugar un partido de fútbol. Él siempre prefería ser el que guardaba los elementos de la clase de gimnasia, en lugar de participar.
         Antes de empezar, observé que le daba tres golpecitos a cada zapatilla, supuse que quería quitarle la tierra o el talco que tenían.  Como me había tocado jugar en el mismo equipo que él, decidimos colocarlo en el arco. El partido comenzó normal, llevábamos cierta ventaja por que manteníamos la pelota en el área contraria, entonces Lucas, el más chiquito del grupo de primero (tenía ocho años) hizo una jugada rápida: se escurrió por entre los jugadores de nuestro equipo y avanzó amenazante hacia nuestro arco. Todos temblamos, el chiquitín parecía Maradona en el mundial de Méjico, y Mario...
         Pero Mario, en un arranque de torpe valentía, salió del arco para enfrentar a Lucas y de ser posible, quitarle la pelota. Instintivamente gritamos ¡¡NOOOO!!, pero ya era tarde. En una jugada  terriblemente sorpresiva e intrépida, Mario aventajó a Lucas, le quitó hábilmente la pelota y avanzó alejándose de su arco. Creo que transpiramos como si estuviéramos en el Sahara, y veloces como ardillas, todos bajamos al área. Mario pegó un puntapié muy certero a la pelota y se la pasó a Pedro, él no se esperaba tanta habilidad así que colocó su cuerpo en una posición inestable, la pelota le rebotó en el hombro y...
         Gol en contra.
         Por suerte para Mario, los yechilkanes aún no nos habían enseñado conjuros para el mal de ojo (para eso había que haber resuelto el cuarto enigma) por que de lo contrario, lo habríamos transformado en pavo.
         Mario volvió a su posición, empujado por los gritos de “no salgas del área” (en el mejor de los casos) o de “pelot... quedate allá” (entre los insultos más livianos).
         El partido continuó, pasó el primer tiempo (sería largo enumerar todo lo que le dijimos a Mario para que deje de exhibirse), cuando comenzaba el segundo tiempo, emparejamos el partido. Fue un alivio.
         Tristemente, Lucas atacó de nuevo, y esquivando jugadores llegó al área. Otra vez temblamos. Mario obedeció nuestras indicaciones. Cuando Lucas se le acercó, sorteando a  Irupé y Adriana que corrían como pumas, Mario se quedó en el área y giró rápidamente para atajar el seguro bombazo de Lucas.
         Allí sucedió algo increíble: Mario no estiró los brazos ni abrió el pecho para envolver la pelota, subió sus pies increíblemente y ¡sacó la pelota con un movimiento imposible de sus piernas! Girando en el aire, golpeó la pelota que fue a dar...¡en la cabeza de Irupé! Produciendo el segundo gol en contra.
         Después de eso, por más que lo intentamos, no pudimos empatar. Ni les cuento la bronca que teníamos, dejamos de hablar con Mario por una semana.  Durante todo ese tiempo le pasaron cosas de lo más extrañas, no tanto por lo raro, sino por que parecía que todo le sucedía a él. Le explotó la birome manchando con tinta a la yechilkan Belén y a sus dos compañeros de al lado, casi se desbarranca en el camino a la cima del cerro Piltriquitrón cuando entrenábamos con el yechilkan Piuque. Por suerte, el yechilkan también era habilidoso con los conjuros de mover objetos así que hizo levitar a Mario salvándole la vida, o al menos unos cuantos huesos.

         Una mañana, después de desayunar, y cuando todavía teníamos los dedos entumecidos del frío, Camilo nos llevó a caminar por los alrededores del cerro Piltriquitrón. En esta escuela, nunca sabíamos quién nos daría las lecciones, ni sobre qué tratarían, a veces teníamos historia, otras filosofía, otras conjuros. Según Camilo, el Yechilkan Superior, eso dependía de lo que “estuviéramos necesitando”, nosotros suponíamos que esas cosas las decidían en las noches, cuando se reunían a cenar, o los fines de semana. Por lo visto, ese día necesitábamos “una clase por los campos”. Camilo traía puesto un equipo de gimnasia, campera y unos zapatos de montaña. Los catorce chicos anduvimos tiritando un rato hasta que el esfuerzo de subir la cuesta, nos calentó la sangre y el cuerpo.

         —Hace unos meses descubrí un lugar especial para el ejercicio que quiero que hagan hoy, cuando lo vean van a entender por qué lo elegí —, explicaba Camilo. Después agregó —: mientras suben, intenten escuchar...
         A medida que subíamos, la brisa zumbaba en nuestros oídos, los pájaros cantaban y volaban muy cerca. Si prestábamos atención, hasta podía escucharse su aleteo.
         —No me refiero sólo a los ruidos —dijo repentinamente Camilo —, quiero que busquen palabras, mensajes.
         “Está chiflado”, pensé, “el aire viciado de la altura le estropeó el cerebro”.
         Camilo entornó los ojos observándonos a contraluz y sonrió significativamente (¿sabría lo que estábamos pensando de él? Quizás la desconfianza se nos notaba en la cara...)
         —Abandonen sus prejuicios y escuchen las voces —, susurró.
         La mayoría de los chicos sonreían a escondidas, burlones, pero yo, totalmente enloquecido, creí escuchar un “Mar, océano, extraño la danza de los peces”. Miré a mi alrededor buscando al gracioso. Ninguno se veía culpable, entonces reparé en que Irupé, Mario y Lucy tenían los ojos perdidos en el piso, y sus rostros sonrojados eran como de alguien descubierto en medio de una travesura.
         —Muy bien, dejen que ellas les cuenten sus penas, cuéntenles ustedes las suyas... —decía Camilo —abran más sus percepciones, nunca cierren puertas —, nos guiaba.

         El lugar era hermoso, muy pacífico y de una vista espectacular, desde allí parecía que los ojos se aclaraban permitiéndonos ver cada detalle de la pendiente y los detalles de los caballos que pastaban en la base. Facundo y Pedro jugueteaban con unas piedras pasándole las manos por encima y Amancay trató de imitarlos. Al poco tiempo lograban hacerlas flotar.
         —Muy bien Quiroga, ampliá tus percepciones —, me estimulaba Camilo —Mario, dejalo venir, no lo fuerces, las cosas se van dando a su tiempo —le aconsejó —, Irupé, no es tu responsabilidad ayudarlo, sólo escuchalos...
         Había sido una experiencia rarísima, una conversación de locos muy difícil de describir y compartir con los compañeros que, apenas alejado Camilo, se burlaron de él.

         La semana siguiente, en el entrenamiento de defensa personal, el yechilkan Piuque, nos pidió que practicáramos unos saltos y luego que anotáramos en una pizarra la altura a la que habíamos llegado, y en la segunda práctica, la distancia. El resultado final fue estimulante para muchos y muy decepcionante para otros. El peor de todos fue Mario, que tanto en alto como en largo, había quedado muy por debajo de los demás: un metro menos en el largo y medio metro en alto. Al ver las cifras, su rostro se contorsionó por el disgusto           
         —Ahora, sin borrar las marcas que alcanzaron, vamos a repetir las pruebas para que comparen sus resultados.
         Las segundas marcas resultaron mejores para la mayoría del grupo, Facundo pudo mejorar en ambas pruebas y estaba tan emocionado que no advirtió que Elías estaba alardeando de ser el mejor de todos, provocándolo directamente a él. Por mi parte, mejoré algunos centímetros, Pedro cayó mal y derrapó por toda la arena quedando con la cara cubierta de raspones, moretes y arena pegada en su boca, lengua y frente.
         —¡May day, may day, atedizaje fodzoso! —gritó Pedro escupiendo arena.
         —Mal aterrizaje pero buen salto —, informó el profe Piuque entre carcajadas —tu marca creció en cuarenta centímetros, voy a patentar tu técnica —, agregó.
         Mientras todos reíamos, Mario se preparó, gesticuló antes de saltar, y, cuando estaba despegando sus pies del piso, una ráfaga de viento lo empujó mejorando tanto su marca, que terminó de bruces en el estiércol de los caballos, cinco metros más allá de donde estábamos practicando.
         Piuque, esperó que Mario regresara oliendo a porquería y, sin hacer ningún gesto dijo  —: ¿Ponemos la nueva marca? —sin esperar la respuesta de Mario, explicó —: Hoy, no quiero que recuerden las marcas que hicieron, ni si eran mejores o peores que las de los demás, la tarea será pensar en cómo recibieron cada uno de ustedes su propia actuación, si fue peor de lo que esperaban y también si fue mejor. A veces, nuestras propias expectativas marcan nuestro futuro —. Así concluyó su clase.

         A la mañana siguiente, todos hablaban de la caída de Pedro (incluso él) y del accidente de Mario. El pobre nos evitaba, se sentó a desayunar de espaldas y mirando hacia la pared.
         —Hola Mario, vamos al jardín, por que la yechilkan  Belén va a ver cuánto avanzamos en nuestros conjuros iniciales, ¿te acordás de todos los efectos para cada uno de ellos? Pasé toda la noche memorizándolos —, le dije.
         De mala gana y rehuyéndome la mirada, Mario me acompañó.
         —Estoy un poco nervioso —, le confesé,— sé que no es un examen pero...
         —Te va a salir todo bien, sos bueno —, me dijo en un suspiro.
         —A vos también te va a ir bien, vas a ver —, traté de animarlo mientras salíamos por el arco de piedra que daba al jardín.
         —Ya lo sé, todo va a ser rápido y bien. Estoy seguro de que van a preguntar todo lo que más sé —, aseguró.
         Me pareció extraño, por que Mario era mas bien inseguro y su suspiro al alabarme, no me había parecido de alguien que está confiado en su actuación, pero supuse que había estudiado sus apuntes y por eso venía más confiado.
         La prueba comenzó normal, todos en ronda practicando los conjuros del Primer enigma, después Belén empezó a preguntarnos sobre los efectos de cada uno de ellos, insistiendo hasta que se nos acababan los efectos que figuraban en la lista y teníamos que ser creativos e inventarlos
         —Üñëm —Pidió la yechilkan Belén. —Elías
         —Trae aves —, respondió el aludido, la yechilkan asintió y se quedó esperando más respuestas. —Para escuchar su canto, ahuyentar animales, atraerlas a algún alimento... para
         —Para una cita romántica e impresionar chicas... —agregó Pedro. Todos rieron.
         —¿Qué más Mario? — preguntó Belén.
         —Siinvocamosyekuinvocamoscuervosyloscurvosnopudelmicastruplichampar-mencultrister... —lanzó Mario, y seguía...
         Continuó así durante cinco minutos y un humo rosa salió de sus manos y fue a dar en Facundo.
         —¡Afel apemn! —pronunció Belén.
         Por fin Mario se calló la boca.

         Por la noche, el yechilkan Pablo se acercó a Mario, Amancay y a mí para avisarnos que al día siguiente deberíamos prepararnos para caminar hacia la cima. La cita era a las nueve de la mañana.
         Salimos los tres chicos y Camilo. Esa cita me pareció extraña, por que Camilo no solía trabajar con grupos tan pequeños.
         —Hoy vamos a caminar cerca de unos nidos de cóndores, quiero que hagan el mismo ejercicio del otro día.

         Pasamos dos horas en una cumbre escarpada viendo a los cóndores ir y venir. Sin poder aún explicarme bien por qué, llené mi mente de estrategias acerca de cómo aprovechar las ráfagas de calor, sobre cómo detectar a los ratones que salen de su cueva cuando templa el sol, y cómo entenderse con las ráfagas que vienen del otro lado de la montaña.

         Con un movimiento repentino, Camilo indicó que tenía hambre y quería volver. Mientras caminábamos de regreso por la ladera nos dijo —: Como el cóndor, siempre debemos estar con la mente abierta a sacar el mejor provecho que las circunstancias nos dan. Sé que a la edad de ustedes es importante obtener logros en todas aquellas actividades que el grupo admira, como los deportes, las habilidades gimnásticas, la fuerza. Pero esos triunfos son a veces engañosos. Los presionan a desarrollar habilidades visibles, haciéndolos olvidar otras más profundas, más trascendentales. Noté que ustedes tienen una gran habilidad para escuchar el lenguaje de lo existente, eso no se ve, pero en definitiva es lo que les permitirá alcanzar el destino —. Entonces miró directamente a Mario y agregó —: gracias a esa habilidad manipulaste tu suerte, pero por pensar en el triunfo, no advertiste el gran poder que estás desarrollando en tu interior. De tarea te dejo una pregunta que deberás contestarte vos mismo cuando estés listo: ¿Qué vas a elegir? ¿Triunfar sobre los otros o triunfar sobre tus propias capacidades para desarrollarlas al máximo?
         En ese momento, entendí por qué a Mario le estaban pasando cosas tan raras.

Tags: Cuentos, magia, Patagonia, audiolibro

Publicado por WarcraftKalku1 @ 0:35
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios